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December 25 Feliz NavidadUN CUENTO DE NAVIDAD
POR
Saúl Martín Jiménez
El timbre retumbó en la placentera oscuridad del sótano. Yo abrí los ojos sobresaltado. El techo sucio y lleno de mohín me dio su particular bienvenida al mundo. El timbre volvió a sonar. Alguien estaba llamando a la puerta. -¡Ya voy!- grité incorporándome en el camastro que mi madre había dispuesto en el sótano hacía años-. ¡Enseguida abro! Mis pies desnudos acariciaron el frío suelo; un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. Bostezando y acariciando mi tupida cabellera, me miré al espejo que dominaba la pared lateral del sótano. Era un espejo impúdico, lujurioso, espectador mudo de todas y cada una de las visitas femeninas que habían querido cruzar destinos y sudores conmigo. Sonreí y miré mi cuerpo sin verlo: desnudo, imponente, erecto. Estuve a punto de comenzar a reír. En ese momento reparé en Blanca. Estaba tumbada en el camastro, en posición fetal. El timbre de la puerta no la había despertado. Su cuerpo desnudo devolvía sexo; sus ojos azules, que tanto me habían enamorado, devolvían promesas de viajes sin retorno. Blanca tenía diecinueve años y era rubia, quizás platino. Desde el día que la vi lo supe: ella sería mía, tendría que serlo. Y ahora que la veía tumbada en mi sótano, desnuda, en posición fetal, di gracias al señor por haberme permitido gozar de una muchacha tan atractiva y principal, diosa del sexo. El timbre volvió a sonar. -¡He dicho que ya voy!- volví a gritar. Y en ese momento me apresuré a vestirme. Como mis ropas estaban a los pies del camastro no tardé en hacerlo. Antes de subir las escaleras, acaricié la tersa piel desnuda de Blanca. Mi entrepierna se estremeció y yo sonreí. Besé la frente de mi amada y subí las escaleras. Y así, sin slip protectores y con una cuasi erección que amenazaba con despertar de un momento a otro al monstruo dormido, abrí la puerta de mi morada. - Dame el aguinaldo, carita de rosa, que no tienes cara de ser tan roñosa. Y si me lo das, y si me lo das, ya te deseamos feliz navidad. Eran niños pidiendo el aguinaldo. Apestosos, sudorosos, deformes, irremediablemente feos. Yo los miré, intentando distinguir sus rostros. Ellos me miraron, sonriendo en su santa inocencia. -¿Queréis dinero?-les pregunté. -Solo una limosna –contestó el más espabilado de la manada de mocosos que había venido a interrumpir mi labor divina. -Pues vais a tener que hacer algo más si queréis que os dé algo de dinero–repliqué-. Vuestra canción sinceramente no me ha convencido. Habéis desentonado y os habéis inventado la letra. Cuando doy dinero a una persona, suelo dárselo como pago o gratificación a un servicio o favor que esta persona me haya hecho. ¿Creéis que podéis superar la birria tiñosa que habéis cantado? Os lo digo porque si no lo hacéis, de mí sacaréis, dicho mal y pronto, un zurullo como una catedral. Mierda churrigueresca, vamos. Los niños me miraban como los alienígenas de Rosswell debieron mirar a los granjeros de la zona. Con incomprensión y pasmo. -¿Vais a cantarme algo más u os vais a quedar todo el día mirándome con cara de panoli? Los niños no contestaron. Yo solo pensaba en Blanca, desnuda, fetal, diosa del sexo. Aquellos monstruitos habían osado interrumpirnos. Huelga decir que estaba muy cabreado con ellos, realmente muy enfadado. No solo me molestaba el hecho de que me hubieran interrumpido sino que me hubieran interrumpido para nada. Así que los miré, dibujé mi sonrisa de desprecio más inhumana, y les cerré la puerta. En ese momento comencé a reír. -¡Hijo de puta! -me gritó uno de los niños desde el exterior-. ¡Mi padre dice que eres maricón! Dejé de reír. “Pronto me encontraré con tu padre y deseará no haber nacido”, me dije a mí mismo. “Va a sufrir el Apocalipsis de bolsillo por el módico precio de un cuchillo”. Y aquella ocurrencia me hizo volver a carcajear. Había hecho un pareado. Me dirigí a la cocina y cogí el instrumental. Tenía que dejar de pensar en la diversión y centrarme en el trabajo. Así que alcancé el hacha colgado de la puerta de la despensa y me dirigí al sótano. Bajé las escaleras y allí estaba Blanca. Inmóvil, fetal, ensangrentada y muerta. Sobretodo muerta. Su cuerpo desnudo devolvía sexo; sus ojos azules, que tanto me habían enamorado, devolvían viajes sin retorno. Yo me acerqué y acaricié su pelo. Blanca García Jiménez, diecinueve años. Mi tercera víctima. Después la descuarticé.
Su cuerpo desnudo devolvía sexo; sus ojos azules viajes sin retorno.
FELIZ NAVIDAD, MANÍACOS. Jesús Mesas Silva. TrackbacksThe trackback URL for this entry is: http://jmesas.spaces.live.com/blog/cns!FB301D8F6327A95C!222.trak Weblogs that reference this entry
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